La estación de autobuses seguramente había estado allí los últimos veinte años aunque en muy poquitas ocasiones el tipo había sido consciente del hecho hasta estos días. Es lógico acordarse de Santa Bárbara cuando truena y tampoco es extraño que el ladrón piense que todos son de su condición, cada cosa en su momento. Ya dijo alguien alguna vez que nada es verdad ni mentira, que todo se ve según el color del cristal con que se mira.

El viernes de la semana anterior a la pasada, tras embutir los pies en unos calcetines sentado en su cama, al ir a ponerse en pie, notó un gran dolor en la zona lumbar. Las maniobras de incorporamiento se convirtieron en penosas pero acabaron no demasiado mal. Pudo salir a la mañana casi fría y todavía oscura. En el huevo izquierdo sintió algo parecido a un pinchazo que devenía en escozor y luego viajaba al derecho. De nuevo saltaba la sensación y acababa instalándose en los dos. No quiso darle demasiadas vueltas y siguió caminando. Otras veces había sucedido, casi siempre en los otoños, y siempre había pasado.

Hoy, tras despedirse del hijo, había caminado desde las enormes cocheras hasta su casa. Una media hora en la soleada aunque fresquita mañana de fiesta local. Mirando escenas que habitualmente no solía ver a aquellas horas en que en los días laborables se hallaba trabajando.

En el portal había confirmado por enésima vez que habían acabado los tiempos en que tenía correspondencia. No le había importado. Ahora, ya le hacía gracia. El dolor de riñones casi se había convertido en imperceptible, allí en el fondo. Se estaba acabando el episodio, probablemente infeccioso. Casi alegre, había abierto la puerta del piso. Mientras se ponía las zapatillas había reconocido con cariño el latido del reloj de la cocina, hoy simpático aunque recordaba que le había tocado odiarlo alguna otra vez en el pasado.